La decisión de sostener los procesos.

 

Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a acelerar.

Resultados rápidos.

Cambios inmediatos.

Antes y después.

 

Y aunque todos sabemos que la realidad no funciona así, muchas veces terminamos midiéndonos con esa vara.

Lo veo en el taller todo el tiempo.

Alguien llega con un mueble que tiene décadas de historia encima, capas de pintura, golpes, marcas, arreglos y naturalmente quiere verlo transformado.

Pero la restauración tiene una particularidad: no se puede apurar.

Podés trabajar más horas.

Podés tener más herramientas.

Podés conocer mejores técnicas.

 

Sin embargo, hay una parte del proceso que no responde a ninguna de esas cosas.

Responde al tiempo.

Y ahí aparece algo que me interesa mucho más que la restauración en sí misma.

 

La decisión de sostener.

Porque hacer foco no es solamente concentrarse.

Hacer foco también es elegir quedarse.

Quedarse cuando el entusiasmo inicial ya pasó.

Quedarse cuando todavía no se ven resultados.

Quedarse cuando aparecen dudas.

Quedarse cuando el proceso se vuelve repetitivo.

 

Con los años entendí que la mayoría de las cosas valiosas se construyen de esa manera.

No por intensidad.

Por permanencia.

 

Cuando empecé este camino, no tenía un gran plan.

No sabía exactamente hacia dónde me llevaba y aun lo sigo descubriendo.

Venía de otro mundo, pero no muy distinto, ya que también es un OFICIO.

Había trabajado muchos años en gastronomía y durante la pandemia empecé a pasar de a poco tiempo en el taller de mamá (el origen de todo! donde me crie), rodeada de herramientas, maderas y proyectos que parecían tener una segunda oportunidad esperando.

Lo que empezó como una curiosidad se fue transformando en una práctica.

Después en un oficio.

Y finalmente en una forma de vivir.

Pero nada de eso ocurrió de un día para otro.

Ocurrió porque seguí.

Hubo momentos de entusiasmo y momentos de cansancio.

Trabajos que salieron bien y otros que me obligaron a volver a empezar, investigar, probar diferentes tecnicas hasta poder llegar al resultado.

Hubo días donde sentí que avanzaba muchísimo y otros donde parecía que no avanzaba nada.

 

Y sin embargo, algo seguía ocurriendo.

Porque los procesos trabajan incluso cuando no los vemos.

Creo que muchas veces abandonamos demasiado pronto.

No porque el camino sea incorrecto.

Sino porque confundimos la falta de resultados inmediatos con la falta de progreso.

Y no son lo mismo.

Una madera recién decapada puede parecer un desastre antes de revelar su verdadera belleza.

Un proyecto puede sentirse estancado justo antes de encontrar dirección.

Una persona puede sentir que no está cambiando cuando, en realidad, está construyendo algo profundo.

Esos son los momentos que yo llamo los famosos cuello de botella.

Hay transformaciones que ocurren por debajo de la superficie.

Como las raíces de los arboles,los cimientos de un edificio.

Como la confianza.

 

Por eso, para mí, la práctica del foco tiene menos que ver con la productividad y más con la fidelidad.

Ser fiel a aquello que decidimos construir.

Volver una y otra vez estando atentos a los detalles, para que cada vez se mejore el proceso.

Aunque no haya aplausos, ni resultados inmediatos.

Aunque nadie más pueda ver lo que está creciendo.

Porque sostener un proceso es una decisión y esa decisión se renueva todos los días.

No es épica tampoco suele ser espectacular.

Pero es ahí donde ocurre casi todo.

 

Quizás la pregunta no sea cuánto falta para llegar?

Quizás la pregunta sea:

¿Qué estoy dispuesto a sostener el tiempo suficiente para que florezca?

Porque muchas veces el foco no consiste en mirar más lejos.

Consiste en quedarse un poco más.

Y seguir trabajando.

Una capa a la vez.

Como hacemos en el taller.

 

Porque restaurar, después de todo, también es eso.

La práctica paciente de creer en algo antes de que el resultado aparezca.

 

Como digo siempre..

 

Restaurar es un estilo de vida.

 

By jime.